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Yávelisse, sin huellas en la arena...

7 jul 2015
5 min de lectura

... Yávelisse siempre solía quejarse al sentir que su vida no era lo que ella esperaba. Que nunca había tenido el dinero que necesitaba y menos el que deseaba. Que sus oportunidades para surgir habían sido más bien limitadas. Que sus padres no habían sido nunca el mejor ejemplo a seguir, ni por iniciativa, ni por disciplina. Que la gente que iba conociendo era buena, pero no muy efectiva para los propósitos que ella quería alcanzar. Que su cuerpo era enfermizo y ahora con los años, fofo y falto de la gracia de la juventud. Que aquel amor soñado de cuento de hadas nunca había aparecido. Y que, de todo lo que había vivido, no había nada que realmente llenara su corazón de orgullo y realización personal.

"...Tenía grandes sueños", decía, "pero todos van quedándose estériles, irrealizables, a medida que pasa el tiempo. Mi vida es como una veleta que se extravía entre los vientos que la alcanzan y yo... Yo no siento un amarre real a mi puerto... Y, nisiquiera sé si tengo puerto". Pensaba en todo esto mientras, sentada en la playa, veía las olas ir y venir, con su murmullo y su fuerza que, a medida que se acercaban a la orilla, se desvanecía; observaba aquella inmensidad y reconoció el infinito en aquel mar. Se levantó y empezó a caminar, dejando sus huellas en la playa de arena blanca. La facilidad con que sus pies se hundían y se impregnaban de calor, se contrariaba con el pequeño esfuerzo que tenía que hacer para continuar andando, "esto de caminar en la playa llega a ser un buen ejercicio", se decía y se sonreía a si misma, sintiéndose orgullosa de estar haciendo algo de movimiento... De repente, se le antojó que sus huellas ya no estaban. Que por más que caminaba y hundía los pies, no estaban sus marcas en la arena, marcando el camino. No era que el agua las hubiera borrado. Simplemente, no estaban. Una y otra vez lo intentó: hundía sus pies, caminaba y, al mirar atrás, no había huellas. Nada. "Es como si no estuviera", se dijo. "¿Acaso he muerto?"

Una maravillosa puesta de sol la sorprendió en medio de sus incesantes pensamientos y no pudo resistirse a tal espectáculo de naranjas, amarillos y rojos en el cielo. Era como si el mar reverenciara aquello y el astro rey dijera: Aquí estoy, siempre he estado y estaré.


Yávelisse se se sintió hechizada por aquel fulgor y de repente, un suspiro. Y luego, otro... Y el suspiro evocó un recuerdo que se convirtió en nostalgia. Y la nostalgia en vivencias. La brisa le hizo recordar la risa de los suyos al contagiarse de sus inmensas carcajadas; se dibujó en el aire una especie de cadena, cuyos eslabones eran los rostros de todos aquellos que con ella sonrieron algún día. No pudo evitar que una sonrisa se dibujara en su cara y que ella misma se convirtiera en el broche que abría y cerraba la graciosa cadenita.


Aquel sol, con su majestuoso acto mágico, a pesar de su inminente partida, continuaba resplandeciente y Yávelisse se sintió en él. Se sorprendió al comprobar que no quemaba; que sus vapores incandescentes no le hacían daño porque lo que allí había no era fuego. El fuego era otra cosa que existía en la tierra. El fuego era la pasión desenfrenada que quemaba al tocarla. El sol, en cambio, era la luz infinita que atravesaba el ser y le llenaba de vitalidad y ganas. Recordó la inexplicable fuerza que aparecía de la nada cuando sus metas parecían inalcanzables. Recordó que eso sentía cuando los ojos de su madre la miraban. Recordó también que algún día su padre sembró la semilla de su existencia y que sin aquel acto de conciencia o mal sabor, jamás su vida habría podido ser. Recordó la guía, la enseñanza de tantas y tantas palabras, consejos, luces que a veces, incluso sin pedirlas, recibía. "Cuantos soles he tenido", decía. "Cuanta luz ha atravesado mi ser" y... Lloró.


Un intenso vapor la sorprendió y la envolvió de repente en una burbuja. Una bocanada de aire la sacó del sol y por el firmamento viajó y viajó. Rebotaba de nube en nube y veía sus sonrisas o sus muecas de desgano o estupor. Algunas la recibían como si hubieran estado esperando toda la vida que una burbuja las tocara; otras la esquivaban, por el miedo a ser desechas; otras eran como cómodas hamacas para descansar; otras, en cambio, le guardaban el mejor sitio para vislumbrar aquel firmamento. Pensó en su gente. En todos ellos, los que habían pasado por su vida... Como las nubes, unos la recibieron y otros no. Algunos le ofrecieron la tranquilidad de descansar en su amistad y otros necesitaron de su ser como las plantas de la luz. Pero todos ellos dejaron en su vida un pedacito de sí que nunca se desvaneció.


"Bueno", pensó, "no fueron grandes adquisiciones, pero son una gran fortuna."


De repente, la burbuja estalló y se sintió cayendo en el vacío. En caída libre el cuerpo es como un bloque cerrado que solo sabe caer. Respirar se hacía imposible y aquel sonido ensordecedor era irritable. Cerró sus ojos, pensó en su cuerpo, en aquel cuerpo que le permitió caminar sobre la arena; olores, sabores, visiones, sensaciones, llegaron como ráfagas. Como las ráfagas que iban acompañando su caída. Supo entonces que siempre quiso más de él (de su cuerpo), aunque nunca lo habitó; le exigía estar reluciente y deslumbrante, como una casa sin usar. Supo entonces, en caida libre, que también él, su cuerpo deshabitado, siempre esperó más de ella.


Ante la inevitable fuerza de la gravedad, dejó de sentir su cuerpo y recordó tantos y tantos besos (supuso que su cerebro acudía a imágenes guardadas para afrontar aquello). Tantas miradas, tantas caricias... Tanto amor. Tantos amores... Amores fugaces y amores eternos. Amores como soplos de vida y otros como puñales. Nunca tuvo un príncipe azul, sino muchos cortesanos y algunos cuantos bufones.


Amó y fue amada. Se equivocó. Se equivocaron y, a pesar de ello, nunca renunció a dejarse tentar por un "tal vez" que la llenara de detalles y de ilusión. comprendió que no lo tuvo todo en un solo amor, sino que de muchos pocos también se llena la vida...

Un rebote se dió, antes de estamparse contra el inminente final, y... cual si fuera un elástico muelle, se vio regresar. Pasó por el aire, por las nubes, por el ruido ensordecedor, por el sol y de pronto, la nada. Ya no reconocía lo que sus ojos veían y sintió miedo, sintió frío, se sintió a si misma con tanto dentro que ese no era su lugar.


Deseaba enmarcar y colgar cada recuerdo para embellecer aquel espacio. Entonces, entró en razón: Siempre hubo mucho y nunca lo vió. Era tanto su deseo de encontrar, que olvidó disfrutar de la búsqueda. Se olvidó de sorprenderse y maravillarse. Olvidó. Sencillamente olvidó vivir y ser.


... El sol por fin terminó de esconderse y aquella ola que salpicó sus pies le devolvió el paisaje. Miró de nuevo atrás y alcanzó a ver alguna huella. El agua las había alcanzado. La arena se había reinventado. Sonrió... Era hora de ir a que la tierra siguiera recibiendo sus pasos. La nada, aunque inmensa, era solo una posibilidad. El todo, estaba en sus manos.


CXDS


 
 
 

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